sábado, 16 de octubre de 2010

Del otro lado del mundo

Estoy tirada en la cama, con una carta en mi brazo derecho y mi puño izquierdo cerrado fuertemente. Me siento sola, con mi carta y con mi ser, con todo y mi ser me siento sola. Los perros del vecino aúllan y el panadero anuncia su llegada... mi cuarto vacío, mi pecho gritando, muy por dentro, mi boca murmura con la posibilidad de que a alguien le llegue algo de lo que dijo. Nada.

En frente de mi cuarto, como a 7 metros, está el vecino naco con su coche recién pintado y robado, sus lentes de sol puestos, rayos dorados en el cabello y su "De rodillas te pido" a todo lo que da. Sabe que los cristales de los vecinos vibran por su sonido mal sintonizado; los vecinos lo odian porque hasta el 12 de diciembre tienen que oír las mañanitas como reloj despertador, a la 1 de la mañana. Y él, muy en el fondo, espera el momento en que, por lo menos, alguien se acerque, con cualquier palabra, para que pueda decir, para volver a sentir el aire y se percate de que sigue respirando.

El panadero tiene una hermosa casa que nunca pensó tener, con un hermoso y pequeño estacionamiento para su coche transporta-pan. Hace 10 años que trabaja en este oficio. ¿Que cómo se le ocurrió gritar ¡¡EEEEEEEELLL PAAAAAAAAANNN!!? Después de 4 años de trabajo, cuando adquirió su casa, miró los hermosos muebles que concordaban con el bellísimo piano de cola. Miró su gran casa, su bello y etéreo hogar, y miró su soledad. Cuando se atrevió a tocar el piano, se fijó en lo fácil que éste producía un sonido, 7 sonidos, diferentes escalas, y se conmovió tanto que lo único que se le ocurrió gritar fue lo que lo acompañaba todos los días ¡¡EEEEEEEEEEL PAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAN!!

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