
*Antes de que el misterioso Mr. Love se haya hundido en las profundidades de la Tierra, llegaste una vez más a mí, te respiré y escribí lo siguiente:
Treinta ocasiones para perder la buena conciencia
Me encantaría darte la imagen de mis mañanas, mi cosquilleo al cantar, mis fotos de nubes y rayos solares.
Me encantaría regalarte el olor a galleta junto con mis flores favoritas, la canción de la semana y una paleta enorme sabor avena.
Por mi casa puedes tirarte al pavimento y observar el cielo, maldecirlo y contarle las veces que has corrido porque ella no termina de marcharse. Porque no has dejado que se marche.
¿Cuántas veces he observado tu cabello? ¿Cuántas veces he querido alborotarlo? Cuánto tiempo sin decirte que te quiero.
Muchas ocasiones agradecí el que existieras, que fueras la razón más poderosa que levantaba mi energía capaz de hundirse por cualquier nimiedad existente.
Conocí tu expresión y tu voz (¡tu maldita e inusual voz!), tus tenis y tu olor, olor jabón.
Y perdí ante ti, perdí ante tu persona y ante tu indiferencia, sin pensar que terminaría queriéndote tanto.
En mi cuarto con paredes y piso blanco empezó a crecer el pasto y muchas flores, unas bonitas lilis rosas y blancas por todo el cuarto.
Si te quedas inmóvil se puede escuchar el sonido del mar, de los pájaros, el sonido del viento. Cuando cierro los ojos puedo percibir la luz de las estrellas que levemente se asoman para acariciar mis párpados y para regalarte el más cálido saludo a ti, en mi pensamiento.
Y por millonésima vez llegaste hasta mis flores, hasta mi pasto, y cubrí tus orejas con mis manos, me acerqué a tu cuerpo largo, cerré mis grandes ojos, respiré... y fui feliz.